Mis pensamientos, sueños, fantasías, reflexiones y otras curiosidades, llevados a la red para compartirlas contigo. Bienvenid@!!
Los atardeceres son preciosos, en especial los que se observan en la playa, me encanta ver como el sol, agonizante y cansado, se hunde en las sombras para dejar paso a su nocturna amante, la Luna. Es el contexto perfecto para dos enamorados, el contexto perfecto para relajarse en soledad; es un bello fondo para un cuadro, un buen recurso para una historia, un genial paisaje para perderse en el silencio.
Los atardeceres, ya esté triste o alegre, ya esté perdido o en mitad del camino, llegan a ese claro despejado de mi interior, y despiertan mis sentimientos, sean cuales sean éstos.
Un rojo anaranjado tiñe las nubes bajas y el horizonte se abre, brillando en una extraña luz. Una gama de colores cubre el cielo, el azul va oscureciéndose, y todos los colores de la luz van apareciendo, rondando casi al nivel del suelo. En los atardeceres también el tiempo parece detener su incesante corriente, breve pero notablemente.
En resumen, los atardeceres son mágicos.
No hace mucho, en cierta noche, en una de mis escapadas a la playa en uno de esos atardeceres idílicos ya comentados, yo paseaba por la arena a la orilla del mar. Las primeras y madrugadoras estrellas se abrían paso en el cielo y el sonido del mar, lento y pausado, me resultaba rítmicamente relajante.
Mis ojos, aquella vez, estaban llenos de las lágrimas. El viento se entretenía con mi pelo. Me gustan los atardeceres, al igual que me gusta la textura de la arena en mis pies, por eso voy, porque ahí noto la soledad y la compañía más que en ningún sitio. Noto que mis problemas son llevados por la brisa, y que mi llanto se ahoga bajo el abrumador oleaje.
Siento que mi alma vuela por breves instantes junto a las altivas gaviotas, y que ve mil mundos nuevos por encima de las nubes. Pronto vuelve a caer, como gaviota sin alas, a merced de la realidad. Camino lentamente, aparentemente sin rumbo, hasta llegar a las rocas, tumba de mis sueños y colchón de mi espíritu.
Escojo, como siempre, una plana y alta, la que más se adentre en el mar. Cuando llego allí, dejo reposar mi mente, no vuelvo a pensar en mis problemas. Tan sólo dejo correr mis lágrimas por las mejillas; tan solo, como últimamente me encuentro cuando estoy lejos de los míos, y lejos de una persona que amo y que físicamente, tengo cerca a diario.
Aunque camino cada día entre una multitud de personas, esas personas no me comprenden ni me escuchan; no me prestan atención ni me dejan liberarme, por eso prefiero el mar, fiel y silencioso confidente de todos mis secretos.
Se ciernen ya las sombras de la noche y el horizonte apenas se distingue; mar y cielo se funden en un mismo tono, y la Luna es reflejada por las olas. Es hora de volver. Me subo en mi coche, y emprendo el camino de vuelta a casa.
En mis pensamientos, la chica que cada noche acapara mis sueños, la única estrella que brilla en mi firmamento particular, a quien siento ganas de decirle “te quiero” a cada segundo de mi vida, pero por motivos ajenos a mi voluntad me es imposible, aún a sabiendas de que ella siente lo mismo…y también le es imposible. Me pierdo navegando en el mar de mis pensamientos, y así, sin haber llegado a hacer nada, termina el día para mí.
Aunque por separado, ambos compartimos ese retiro espiritual, en esa hermosa playa. Ahora, mi único deseo es que, mientras ella mire al rojo sol, sienta que el viento le transporta un breve “te quiero”, y sienta que en algún lugar de esa playa, cerca de las olas, sobre la arena, alguien ha llorado por ella.