Mis pensamientos, sueños, fantasías, reflexiones y otras curiosidades, llevados a la red para compartirlas contigo. Bienvenid@!!
La habitación, tenue, estaba ocupada por dos cuerpos, un piano, un pincel, un lienzo, el arte rebosante por cada una de las cuatro esquinas. Una cabellera pelirroja acompañada de un cuerpo frágil marcaba una silueta oscura a contraluz con el ventanal que daba paso al exterior del jardín de los sueños.
La mano izquierda sujetaba un pincel, los ojos estaban cerrados, y los oídos se dejaban acariciar por un sonido que provenía desde muy cerca. Unas manos largas acariciaban las teclas, los hombros dejaron de estar tensos, y las notas se dejaban acariciar y mecer por el arrullo del tacto de aquéllos dedos finos.
El pianista se mordía el labio inferior sin quererlo, y dejaba de atisbar la sombra de la ventana. El pincel hacía dos segundos que cobró vida propia, recorría el lienzo puro, lo llenaba de trazos con sentimientos característicos. El pincel danzaba al compás de los dedos del pianista, el pincel se dejaba arrastrar como si estuviese sometido al influjo de algún hechizo permanente. La música cesó.
El pincel cayo, tiñendo el suelo con gotas de intenso color a sueños rotos. Los dedos finos estaban entrelazando la cabellera pelirroja. La mano izquierda estaba alrededor del labio anteriormente mordido, pero desapareció y buscó su sitio, que no fue otro que las teclas del piano que ahora la sujetaba. El pincel seguía en el suelo. La mano izquierda estaba manchada con ilusiones marchitas. Los dedos finos estaban envueltos en confusiones extremas. El pianista se acercó a la ventana. La pintora se acercó al piano.
Sin quererlo, su mano izquierda estaba posada en el piano y se deslizaba sin pausa por cada tecla mientras pensaba en el pincel que ahora estaba rodeado por los delgados dedos de la figura a la cual la ventana hacía sombra. No sonaron violines, no hubo mariposas en ningún estómago. Se incorporó, la cabellera pelirroja parecía haber adquirido vida propia, y un viento inexistente la agitaba lentamente, sin miedo a brillar intensamente, sin miedo a ser acariciada por unos dedos largos, finos, de pianista. La mano tenía el pincel en su poder, esta vez la derecha con esos dedos tan largos. Pincel en el suelo, de nuevo.
Teclas aporreadas frenéticamente. Pasos sin dirección, pasos acelerados con rumbo fijo y miedo a alcanzarlo. Unas manos sobre la melena pelirroja, un cosquilleo en el cuello, una caricia, o quizá dos. Gemidos. Dos pares de ojos cerrados. Un labio inferior mordido, suavemente, una lágrima a punto de caer. Distancia. Una pequeña distancia, parece tan grande. La melena
pelirroja giró. Se encontró con unos ojos cerrados y unos manos vacías. Aprisionó las muñecas de estas manos con las suyas, piel de terciopelo fino.
Deslizó las manos, por el vientre. Subió. Seguía teniendo el control de los dedos, esos que cada vez le parecían más largos. Deslizó las yemas sobre las costillas, y trepó ligeramente hasta llegar hasta los pechos, pequeños. Soltó las manos. Los dedos siguieron allí, tocando una melodía desenfrenada, que acompañaba la voz de la pelirroja melena que hacía escasos segundos marcaba el destino que seguirían los dedos. Una tela en el suelo.
Una tela fina, pero que parecía muy gruesa mientras tapaba los pechos que ahora estaban desnudos. La mano izquierda enredándose en el pelo negro, mientras los dedos finos recorrían el lienzo aún sin pintar. Las manos, ahora sueltas, seguían ascendiendo hasta la cima, rozando ese espacio entre los pechos y el cuello, acariciando cada milímentro, sientiéndose prisionero del deseo que sentía en el momento.
La pintora seguía acompañando a la melodía, susurros bajos, gemidos intensos. A pasión ilimitada olía su pelo negro. Sus dedos se empeñaban en demostrar que no mentía. La mano izquierda de ella se escondió tras su camisa. La desgarró.
El aliento se posaba en aquel cuello fino, y dejó de estar sólo. El roce de unos labios entreabiertos sorprendió a la sensibilidad, la hizo alcanzar un límite nuevo. Labios buscándose en un acto recíproco, en la oscuridad, a tientas. Dos respiraciones compenetradas, agitadas, intensas. Dos pares de manos situando el cuerpo contrario, adivinando.
Unos labios se alejaron de los otros...